viernes, 19 de febrero de 2010

Un suicidio

Noche rígida, noche inamovible. Claroscuro de luna que tiñe de negro mi alma. Corazón dañado rufián de sentimientos. Espera en vigilia por un hechizo. Abrazo de un desierto de amor. Tatuaje de cicatrices que dejó el mal agüero.

Habían quedado. Sería la primera noche o la última.

En el salón todo listo. Las velas encendidas formando un sentimiento, como aquella vez. La luz apagada para formar ambiente. Las ventanas abiertas porque hace calor. El postre en la nevera.
¡Vaya falacia!
La luz está apagada para no ver las mentiras, las ventanas están abiertas para que una brisa de aire se lleve todas las culpas, y he hecho postre como inversión segura para endulzar la situación.

Pero ahí llegas tú, encendiendo la luz, cerrando las ventanas porque hace frío, y diciéndome que no quieres postre. ¡Qué ingenua soy! Me pierdo en tus ojos verdes y sólo veo cobardía. Gracias por esa confirmación.

Te odio.

Asesino, eres un asesino. Tú mataste esta historia, este cuento. Pero a mí no. Ya lo he decidido. Sí, me suicido. Ya no aguanto más. Estoy harta de agacharme al suelo a recoger los miles de pedazos en los que has dejado mi corazón.
¿Contento?
Eso espero, porque me suicido, me suicido de mis sentimientos hacia a ti.
Hoy es una de esas noches que te desgarran el alma. Pero no de tristeza, sino de felicidad. Ya no más tristeza, ya no más llanto. Ya no más ¡tú!

Duda, indecisión. Un halo de esperanza. No. Sé que no. No vas a cambiar, o quizás es que has cambiado demasiado. Nunca te he importado.
Dudé durante más de un segundo, pero al final me convencí. Apunté al corazón y disparé. Y un borboteo caliente. Como a sangre. Como a hierro. La rosa que me regalaste, manchada.



Tú, confundido; yo, aliviada.

No sé si le dolió, pero seguro que no le importó. Si hubiese querido podría haber salvado ese sentimiento, pero no, su voz enmudeció.

Yo, firme; tú, desconcertado.

Ahora sólo me queda una pregunta : ¿crees en la resurrección?